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PETER KATZ

GILBERTO BOSQUES 
30 de Marzo de 2011 
 

 Estoy seguro que las instrucciones que mandó el General Lázaro Cárdenas a su Secretario de Relaciones Exteriores, Isidro Fabela, que a la sazón asistía a una sesión de la Liga de las Naciones en Ginebra, Suiza, para que, a su vez, instruyera a Gilberto Bosques, Cónsul de México en Marsella, para extender visas de inmigración, forma FM2, a solicitantes de cualquier nacionalidad siempre y cuando pudieran ser catalogados como “refugiados políticos”. Esta última categoría se iba a interpretar como “gente perseguida por sus ideales”, ya fueran socialistas, comunistas o trotzkistas de la 3ª Internacional.

Afirmo lo anterior porque recuerdo bien la mentalidad que imperaba en aquella época en México, aunque haya llegado a estas tierras apenas en abril de 1946.

Mis amistades iniciales en México recrearon para mí la época y la situación política anterior a la Segunda Guerra Mundial, 1938 – 1940, en México. Hice amistades con varios de los afortunados poseedores de las visas “portadoras de la vida” expedidas por Gilberto Bosques, quienes habían arribado sanos y salvos a playas mexicanas y fueron salvados de ser victimas del Holocausto.

México había sido el campeón de la lucha antifascista, tanto en las ideas como en las artes, en diseño gráfico propagandístico, en Latinoamérica. El país azteca había apoyado abiertamente la República Española, surgida en 1931, desde un principio con solidaridad. Cuando estalló la revuelta militar dirigida por Francisco Franco se mandó un barco cargado de piezas de artillería de campaña y fusiles tipo Mauser, con el parqué necesario, al puerto de Bilbao, en el país vasco. México se declaró aliado de la República. Varios mexicanos, entre ellos Octavio Paz y Alfaro Sequeiros, fueron a pelear como voluntarios en las Brigadas Internacionales (1936 – 1938).  Desde aquí también se organizó ayuda humanitaria.

Cuando la Guerra Civil española estuvo perdida para la República, México en forma por demás generosa abrió sus puertas para que vinieran 38 mil refugiados, pudiendo estos ponerse a trabajar inmediatamente en el exilio. Esto en sí era un privilegio, no concedido a otros refugiados de aquella época.

Es mas, México reconoció inmediatamente el valor de los inmigrantes recién llegados y les ofreció puestos claves en la educación y en la cultura, supo acoger a los que pudieron escapar del infierno y de los campos de internamiento, para ponerlos a trabajar en beneficio del pueblo y de la niñez mexicana.

Cuando el Cónsul Gilberto Bosques recibió estas instrucciones en Marsella, todavía había prisioneros de guerra, militares, milicianos, intelectuales y simples ciudadanos y campesinos republicanos españoles en la Francia de Vichy. Había refugiados judíos en Francia, aquellos que pudieron escapar de Alemania, Austria y Checoslovaquia, antes de que estallara la guerra. La escritora Ana Seghers, el escritor Egon Erwin Kisch, los arquitectos Bodo Uhse y Walter Goeritz, el coleccionista Kurt Stavenhagen, Hans Brom Offenbacher, catedrático e investigador, Walter Reuter, fotógrafo de la Guerra Civil española.

La situación en España estaba al parejo de la Europa conquistada y ocupada por Alemania. Me refiero a países como Austria, Checoslovaquia y en mayo de 1940, Holanda, Bélgica, Luxemburgo y Francia, también fueron invadidas.

Esta era la mezcla de nacionalidades, algunos con pasaportes, otros con “Laissez Passer” o “Sauf Conduit”, otros más solamente con certificados de nacimiento o Fe de Bautismo. Los solicitantes eran muchos y variados. Ahí el Cónsul tenía que decidir como interpretar las instrucciones que había recibido al respecto. Él, como otros diplomáticos, tenía que decidir entre la vida y la muerte. En la vorágine, en la antesala del infierno que era Europa, durante el conflicto entre 1939 y 1945.

Todos sabían que una visa representaba una vida. Una visa representaba salir del infierno. Una oportunidad para viajar hacia la libertad.   Sin papeles, sin visa, el individuo, no obstante su capacidad, sus logros académicos, su cultura o su fortuna, no era nadie. Corría peligro de ser arrestado y si estaba circuncidado iba a ser remitido a un Campo de Concentración. Esto sucedía, como ya lo dije, en la Europa violada y ocupada por los alemanes. La Francia de Vichy, la de Petain y Laval,  hacía lo que le ordenaban los alemanes. Allí estaba el Consulado de México.

Había un número importante de familias judías austriacas, que vivían en una “ferme”, un rancho, propiedad del Partido Socialista Francés llamado Montauban. A estos, todos miembros del partido socialista austriaco, les ayudaron los cuadros del partido y los sacaron vía Checoslovaquia, cuando los alemanes ocuparon el Sudetenlad. De allí fueron enviados a Francia.

El alcalde del pueblo, un social demócrata de nombre Joseph Bordeau, los protegía de las autoridades de Vichy porque todos eran ilegales, sin papeles. Casi todos pudieron trasladarse a Marsella en 1941 y recibieron visas mexicanas y formas FM2 del Cónsul Gilberto Bosques. Pudieron llegar a México, vía Lisboa, Portugal, de allí a Casablanca, Algeria. Luego a La Habana y finalmente a Veracruz.

Ya en México, recuerdo que una noche de mayo, en un local de la Avenida Álvaro Obregón, fui invitado como austriaco recién llegado a reunirme con personas refugiadas, quienes estaban en México y habían llegado al amparo de “visas de la salvación”, expedidas por Gilberto Bosques en Marsella. Todos los presentes viajaron en el barco “Nyassa” de 9 mil toneladas. La reunión fue para recordar su llegada a México. Se habló en alemán, idioma nativo de los presentes.

Allí estaban Friedrich Katz, Walter Gruen, Paul Westheim, Danielle Wolfowitz, Nelly Wolf, Klari Vilner, Arnaldo Orfilia (no judío) fundador del Fondo de Cultura Económica en México, Bruno Schwebel, Klaus Bodeck, Ernst Roemer, director de orquesta (abuelo de Andrés Roemer), un señor Svoboda (también no judío), Oscar Braun, Ernst Robitschek, actor, la señora Rainerova, periodista. Más noche llegaron los papás de Friedrich, Leo y Trude Katz. 

La mayoría de las personas que mencioné ya no viven. Sin embargo tuvieron la oportunidad de rehacer su vida en México. Recuerdo siempre sus expresiones de agradecimiento a México, por haberles salvado la vida el “Cónsul de Marsella”, el “Cónsul Humanitario”.

Gilberto Bosques fue una persona decente y honesta. Un humanista. Un gran mexicano. Nunca hizo nada para provecho suyo. Gran admirador y colaborador de su jefe, el General Lázaro Cárdenas del Río, Presidente Constitucional de México entre 1934 y 1940, le salvó la vida a muchos judíos europeos.

“El que salva una vida, salva a la Humanidad”, dice nuestra Tora. Por esto y por muchas otras razones, agradecemos a personas como él  los actos que ha realizado para salvar a judíos. También el hecho de que haya personas como él, hacen de la Tierra un lugar más justo y decente para vivir. 


  
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