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JUSTOS ENTRE LAS NACIONES

“Quién salva una sola vida, es como si salvara un universo entero"

(La Mishná, tratado Sanhedrín 4:5)


En un mundo de debacle moral generalizada, hubo una pequeña minoría que supo desplegar un extraordinario coraje para mantener los valores humanos en pie. Ellos fueron los Justos de las Naciones, que remaron contra la corriente general de indiferencia y hostilidad que prevaleció durante el Holocausto. Contrariamente a la tendencia generalizada, estos salvadores veían a los judíos como seres humanos comunes y corrientes, incluidos dentro de su universo de obligaciones. 

La mayoría de los salvadores comenzaron como observadores pasivos. En muchos casos el cambio ocurría cuando eran confrontados con la deportación o la matanza de judíos. Algunos habían permanecido indiferentes en las etapas tempranas de la persecución, cuando los derechos de los judíos eran restringidos y sus propiedades confiscadas, pero llegó un punto en el que decidieron actuar, una barrera que no estaban dispuestos a cruzar. A diferencia de otros, ya no pudieron consentir con las crecientes medidas que afectaban a los judíos.

En muchos casos eran los judíos los que se dirigían a los gentiles en busca de ayuda. No sólo los salvadores manifestaron ingenio y coraje, sino también los judíos luchaban por su supervivencia. Wolfgang Benz, quien realizara una exhaustiva investigación sobre el rescate de judíos durante el Holocausto, sostiene que, al escuchar las historias de salvataje, las personas rescatadas pueden ser vistas como meros objetos de cuidado y caridad. Sin embargo, “el intento de sobrevivir en la clandestinidad era, antes que nada, un acto de autoafirmación y un acto de resistencia judía contra el régimen nazi. Sólo unos pocos tuvieron éxito en dicha resistencia”.

En el encuentro con judíos llamando a sus puertas, los observadores pasivos debían tomar una decisión inmediata. Ésta era a menudo un gesto humano instintivo, un impulso irreflexivo, seguido sólo después por una elección moral. Frecuentemente se trataba de un proceso gradual, en el que los salvadores se involucraban de modo creciente en la ayuda a los judíos perseguidos. El consentimiento a ocultar a alguien durante una redada – proveyendo refugio por un día o dos hasta encontrar otro lugar- podía convertirse en un rescate de meses e incluso años.

El precio que los salvadores debían pagar por su acción difería de un país a otro. En Europa Oriental, los alemanes ejecutaban no sólo a las personas que ocultaban judíos, sino también a toda su familia. Los nazis colocaban por doquier avisos de advertencia contra la ayuda a judíos. En general, el castigo era menos severo en Europa Occidental, aunque también allí las consecuencias podían resultar terribles, y algunos de los Justos de las Naciones fueron encarcelados y asesinados en campos de concentración.

Además, a la luz del trato brutal dado a los judíos y la determinación de parte de los perpetradores de dar caza hasta al último de los judíos, las personas debían temer grandes sufrimientos si intentaban ayudar a los perseguidos. En consecuencia, los salvadores y sus protegidos vivían en constante temor de ser apresados; existía el continuo peligro de ser denunciados por vecinos o colaboracionistas. Esto incrementaba el riesgo y dificultaba a las personas del común el desafiar las convenciones y las reglas. Aquellos que decidían dar refugio a judíos debían sacrificar sus vidas normales y emprender una existencia clandestina -a menudo contra las normas aceptadas por la sociedad en que vivían, temiendo a sus vecinos y amigos- y aceptar una vida regida por el pavor a la denuncia y la captura.

La mayoría de los salvadores eran personas corrientes. Algunos actuaban por convicción política, ideológica o religiosa; otros no eran idealistas, sino meros seres humanos a los que les importaba la gente a su alrededor. En muchos casos nunca planearon convertirse en salvadores, y no estaban en absoluto preparados para el momento en el que debieron tomar una decisión de tan largo alcance. Eran seres humanos comunes, y es precisamente su humanidad la que nos conmueve y la que debiera servir de modelo. Hasta ahora, Yad Vashem ha reconocido a Justos de 44 países y nacionalidades; hay entre ellos cristianos de todas las denominaciones e iglesias, musulmanes y agnósticos, hombres y mujeres de todas las edades; provenientes de todos los estilos de vida; altamente educados, así como campesinos analfabetos; figuras públicas y marginales; citadinos y granjeros de los más remotos rincones de Europa; profesores universitarios, maestros, médicos, clérigos, enfermeras, diplomáticos, trabajadores no calificados, sirvientes, miembros de la resistencia, policías, pescadores, un director de zoológico, el propietario de un circo, y muchos más.

Los investigadores han intentado rastrear las características que estos Justos comparten y de identificar quién sería aquel que se convertiría en salvador de judíos o a de una persona perseguida. Algunos sostienen que los Justos son un grupo diverso y que el único común denominador es la humanidad y el coraje que pusieran en juego en la defensa de sus principios morales. Samuel P. Oliner y Pearl M. Oliner han definido la personalidad altruista. Al comparar y contrastar a los salvadores con los observadores pasivos durante el Holocausto, señalaron que aquellos que decidieron actuar compartían características tales como la empatía y un gran sentido de conexión con los demás.

Ser observador pasivo era la regla; rescatar era la excepción. Por más difícil y atemorizador que fuese, el hecho de que algunos hubieran hallado el coraje para convertirse en salvadores demuestra la existencia de cierta libertad de elección, y que el salvataje de judíos no estaba fuera de la capacidad de las personas comunes a lo largo de la Europa ocupada. Los Justos de las Naciones nos enseñan que cada persona puede marcar la diferencia.

Existían distintos grados de ayuda: algunos daban alimentos a los judíos, deslizando una manzana en sus bolsillos o dejando comida donde estaban por pasar de camino a su trabajo. Otros derivaban a los judíos a personas que pudieran ayudarlos; algunos les daban refugio por una noche y les decían que tendrían que partir por la mañana. Sólo unos pocos asumían la total responsabilidad por la supervivencia de los judíos. Son los miembros de este último grupo, en particular, los que cumplen los requisitos para el título de Justo de las Naciones.

 

EN HONOR A LOS JUSTOS

Las personas reconocidas como “Justos de las Naciones” reciben una medalla especialmente acuñada con su nombre, un diploma de honor y el privilegio de tener sus nombres grabado en el Muro de Honor en el Jardín de los Justos de las Naciones en Yad Vashem.

Los honores son presentados a los salvadores o a su familiar más próximo en Israel o en sus países de residencia por medio de los buenos oficios de los representantes diplomáticos de Israel. Habitualmente participan en las ceremonias representantes gubernamentales locales y reciben una amplia atención mediática.

La Ley de Yad Vashem autoriza a la institución “conceder ciudadanía honoraria del Estado de Israel a los Justos de las Naciones, y ciudadanía conmemorativa si éstos han fallecido, en reconocimiento a sus acciones”. Desde 2002 se viene publicando una Enciclopedia de los Justos que enumera los casos de salvación reconocidos por Yad Vashem.